La mendiga hambrienta que esperó sentada en la acera, con la cabeza entre las rodillas para tratar de disminuir el espacio vacío en el estómago, a que pasaras tú, y dejaras caer una migaja de aquello que se desprende de tus labios; aquello que no puedo llamar amor; que no sé si puedo llamar cariño -ya no sé qué es- en algún minuto pensé que lo sabía, ahora creo que se ha transformado en un poco de luz... para mi par de ojos ciegos.
Quisiera decirte tantas cosas, tantas que las palabras se me enredan en la boca, empujadas por un millón de sentimientos que subieron desde mi pecho, esta vez no enredados, sino que infinitamente extensos.
Quisiera pedirte abrieras los ojos, dejemos de estar dormidos; confesarte que el mundo se confabuló contra nosotros, y que sabía que la vida te traería de nuevo a mi destino.
Quisiera aclararte que sigo pensando en ti, y dejar de hacerlo con un suspiro.
Quisiera decirte, ¡gritarte! tantas cosas, y al mismo tiempo en que me expreso, ahogarme. Ahogarme con un mínimo de aire que espero entre en mis pulmones, ya que no respiro desde hace mucho tiempo, desde que el minutero se alejó llevándose el compás de tus pasos contra el cemento.
Y como en toda historia REAL de amor, la única palabra que logra configurara mi cerebro es este estúpido silencio. Deseo pararme frente a ti con un silencio absoluto, envolverte, penetrarte, y cuando estés harto de escucharlo resonar en tus oídos, callarlo todo con un beso. Que tus labios contra los mios no podrán seguir diciendo todo aquello que no nos decimos. Finalmete podremos comunicarnos desde los poros; desde los latidos que siguen pateando, a pesar de que los habíamos tirado al olvido.
Quisiera morderte las mejillas o despeinarte los cabellos, hacer cualquier cosa que te deje claro que dentro de mi vive una niña, y que se muere por jugar en tus sueños.
Quisiera expresarte lo que sentía, lo que negué y luego... seguí sintiendo. Subirme al escenario; entintar con mi silueta las páginas donde se empezó a escribir nuestro cuento, y en uno de esos fugaces momentos que Sábato a descrito, en donde tu túnel se cruza con el mío; donde los planetas se alinean cuando realmente están esparcidos; cuando se detienen en el viento los pétalos rebeldes de las flores -en uno de esos momentos que se vuelven fílmicos- harcele un zoom a tu corazón y al mío.

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