
Cada vez que elegía, metía y sacaba cosas de mi maleta me daba cuenta que tenía miedo, tenía miedo de llevar algo que fuera inútil para mi viaje, o de olvidar aquello que necesite sin remedio. Necesitaba saber exactamente que llevar, y en que cantidad, no quería empacar ni una lágrima de más, ni una sonrisa de menos.
Cada espacio es importante, y cada artículo debe ser certero, más cuando se viaja cargada de sentimientos, ya que de estos se necesitan muchos, y cada uno pesa un buen resto.
Todo parecía ir bien mientras preparaba mi bolso: mi cepillo de dientes por acá, mis gafas en este otro lado, en un bolsito mis aros, y bien enfrascado, todo mi espíritu aventurero.
Todo se veía perfecto, hasta que recordé algo que aún no había empacado -aún no guardaba las palabras que iba a necesitar- y el espacio que quedaba disponible en mi bolso de manos, se hizo insuficiente frente a la gran cantidad de vocablos viajeros.
El problema no era solamente la gran cantidad de palabras que sabía y que necesitaría, para describir, decir, y escribir todo lo que iba a sentir, lo que iba a ver y lo que iba a aprender en mi travesía. Sino que el espacio necesario aumentaba al doble, al pensar que necesitaba palabras en mi lengua natal, and all the words in english that i will need to speak with people in Europe, y no solo eso ¿Dónde iba a meter a mi regreso todas las palabras que aprendería en checo?
Decidí tomar medidas drásticas: no sólo necesitaba hacer espacio en mi maleta, sino también conseguir nuevas palabras, para no quedarme corta al momento de expresar todo lo maravilloso que pronto estaría viviendo.
En mi bolso de mano guardé las hojas de los árboles que más murmuraban cuando pasaba a su lado; los pétalos de flores que perfumaban con las palabras más coquetas, bellas y suaves; también empaqué algunas palabras que logré arrancarle al viento, y por si acaso, unos cuantos ladridos de mi perro.
Un bolsillo mediano de mi maleta lo dejé vacío, así podría guardar ahí todas las palabras nuevas que aprendiera en mis trayectos. Tuve miedo de que al mezclar tantos idiomas en un solo bolcillo, llegara aquí con palabras mitad en checo, mitad en francés y con el centro en italiano, pero prefería esta mezcolanza, a tener que volver a casa sin estas nuevas articulaciones mágicas.
Finalmente como no había más espacio, tomé todas las palabras que conocía, y me tejí con ellas un sombrero, una bufanda, unos calcetines y un chaleco, así me las llevo puestas y no me cobran sobre peso.

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