domingo, 10 de enero de 2010

La Puerta


Podía sentir el frío de la calle llegando hasta mí. La luz del farol oxidado de la esquina se colaba silenciosa y débil en mi habitación oscura. Y ahí estaba yo de nuevo, con el mismo rostro pasmado de cada vez, mi cuerpo desairado acababa de caer encontrando bajo él la cama donde mil veces te soñé.

Con la mente entrelazada, y los pies desnudos husmeando entre las sábanas, desesperados buscando un poco de suavidad, un poco de distracción después de tu dura y punzante partida. Me tomó más de un minuto volver a la vida, no podría decirte cuantos segundos, porque estaba indescriptiblemente perdida. Y como primer acto de aquel que pone un pie en tierra nueva, estiré mi mano, deslizándola suavemente hasta tocar la almohada, quería usarla para cortar mi respiración acelerada; para derramar sobre ella el montón de sentimientos que otra vez, como tantas anteriormente, infestaban mi cuerpo.

Me sentí TAN predecible al notar que mi confesora nocturna seguía marcada con mi ebullición de sentimientos de la última noche, aún no se secaban las lágrimas que derramé por ti la última vez, y yo, como magdalena tonta y sumisa, estaba lista para reborsarla de nuevo...

Nunca antes me he sentido tan torpe, y al mismo tiempo, tan poco culpable; es que cuando el hilo danzante de aire callejero me subió por la columna vertebral, fue como si de repente toda mi tozudez quedara perdonada. El viento me llamó invitándome a levantar la mirada, y la luz del farol me dio justo en los ojos, permitiéndome ver la realidad: ahí estaba otra vez, en la misma posición que las últimas incontables veces, entre abierta, dejando entrar junto con el frío, tu esencia, tus palabras fácilmente arrojadas al viento, tu espalda que se encuentra a medio voltear cada vez que te marchas.

¿Y ahora qué harás? ¿Qué pasará cuando ella?... aquella que ya ni siquiera tiene nombre, ya que no es una, sino cualquiera que pueda cargarte lejos de mí... ¿Que harás cuando aquella se aleje otra vez de ti? ¿Vas a volver? ¿entrando fácilmente por la puerta que nunca te has dignado a cerrar? y yo al otro lado, con las llaves en la mano, los brazos alados y el corazón, como siempre, reparado con poemas vacíos y astutamente elaborados.

¡No es mi culpa! TU LA ABRISTE, Y NO LA CERRASTE NUNCA MÁS. Yo a media luz, tratando de empujarla con la mente, y poniendo el corazón entre la madera y el umbral.

La llave... tal vez la use, tal vez la tire en algún ataque, o tal vez me la trague. Por ahora, mi cuerpo pesa kilos de sufrimiento, y yo, de espalda al marco que cruzaron tus zapatos, dejo caer mi cuerpo sobre la tabla vertical que sepultará tu recuerdo, haciendo de una vez, lo que en un principio debiste haber hecho.

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